La tradición paisajista en la pintura de los siglos pasados fue obsesiva con la representación de los cielos nublados. Son solo algunos ejemplos de ello: John Constable en  Ingaterra del siglo XVIII y José María Velasco en México en el XIV.

Formas efímeras y mágicas que evocan visiones, presagian vida y destrucción por igual. Las nubes transforman los cielos, juegan con la luz del sol y  se imponen ante nosotros como colosos intangibles. 

Los cúmulos, en particular, han atraído  siempre mi atención por su textura algodonosa y comfortable. De chico soñaba con poder tirarme y enconderme en ellas.

Esta serie es un intento por capturar y atrapar lo imposeíble, de documentar la imagen que de vez en cuando se dibuja en el cielo para fascinar por un breve momento a aquellos que voltean al cielo para luego desaparecer y nunca más volver en la misma forma.

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